"El que con frecuencia piensa en DIOS, tendrá una mente más amplia que el hombre que se afana simplemente por lo que le ofrece este mundo estrecho."

J.I. Packer

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Miércoles, 16 Enero 2013 22:03

Calvinismo y Arminianismo contrastados

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Introducción

Debido en gran medida al desconocimiento  bíblico e histórico que caracteriza al pueblo cristiano de hoy, las grandes doctrinas calvinistas se encuentran eclipsadas.  Sin embargo, desde los días de la Reforma hasta hace más o menos unos cien años atrás, dichas doctrinas fueron expuestas con audacia por la gran mayoría de los ministros y maestros en las iglesias protestantes.  En cambio,

el sistema doctrinal opuesto, conocido como el arminianismo, existió por siglos tan sólo como una herejía en los lindes de la verdadera religión y no fue sostenido por una iglesia cristiana organizada hasta el año 1784.  Sin embargo, hoy día una gran multitud dentro del pueblo de Dios abraza ciegamente las doctrinas arminianas haciendo caso omiso a la voz de aquellos brillantes teólogos que unánimemente en el Sínodo de Dort en el 1619 declararon heréticas dichas doctrinas.

Es nuestro propósito en este tratado presenta en contraste, de manera concisa, éstos dos sistemas opuestos que han dividido al cristianismo a través de los siglos, con la esperanza de que aquellos que no tienen un conocimiento claro de las grandes doctrinas calvinistas lleguen a obtenerlo, y que los que se han opuesto a dichas doctrinas se convenzan de su verdad y las amen.  Y si alguno estuviere en disposición de rechazarlas sin antes hacer un estudio minucioso, no debe olvidar que dichas doctrinas han cautivado la firme creencia de multitudes de los hombres más sabios y piadosos que han existido y, por lo tanto, debe haber poderosas razones a favor de su veracidad.  Juan Calvino no fue la única lumbrera en la iglesia de Cristo que las enseñó.  San Agustín, Wycliffe, Martín Lutero, Ulrico Zwinglio, Zanchius, Juan Owen, Jorge Whitefield, Toplady, Hodge, Dabney, Wafield, Jonatán Edwards, Carlos Spurgeon, etc., etc., etc., también las enseñaron.

¿Cómo se originaron los "Cinco puntos" del calvinismo?

En el año 1610, apenas un año después de la muerte de Jacobo Armiño (un profesor de teología en Holanda), cinco artículos de fe (los “cinco puntos” del Arminianismo) basados en sus enseñanzas fueron formulados por sus seguidores, a quienes se les denominó arminianos.  Esos cinco artículos de fe fueron luego presentados al estado de Holanda en forma de protesta.  Los arminianos insistían en cambiar la Confesión de Fe Belga y el Catecismo de Heidelberg (la declaración oficial de la posición doctrinal de las iglesias de Holanda) de manea que concordasen con sus cinco puntos doctrinales.  Las doctrinas relacionadas con la soberanía divina, la inhabilidad humana, la elección incondicional o predestinación, la redención particular, la gracia irresistible, y la perseverancia de los santos, contenidas en el Catecismo y en la Confesión de Fe, eran rechazadas por los arminianos.

            Un sínodo nacional fue entonces convocado en Dort en el 1618 con el propósito de examinar las creencias de Armiño a la luz de las Escrituras.  El Gran Sínodo fue convocado por la Asamblea Legislativa de Holanda (States-General) el 13 de noviembre de 1618.  Asistieron delegados de casi todas las iglesias Reformadas.  Hubo 154 sesiones durante los siete meses en que se reunió.  La última sesión se llevó a cabo el 9 de mayo de 1619.

            Habiendo estudiado cuidadosamente los cinco puntos presentados  por los arminianos, el Sínodo prosiguió a rechazarlos en base a que no eran bíblicos, y formuló en cambio lo que se conoce en la historia como los “Cinco Puntos” del Calvinismo.

LOS "CINCO PUNTOS" DEL ARMINIANISMO - LOS "CINCO PUNTOS" DEL CALVINISMO
I. Libre Albedrío o Habilidad Humana

Aunque la naturaleza humana fue seriamente afectada por la Caída, sin embargo, el hombre no ha perdido del todo su capacidad espiritual. Dios en Su gracia hace posible que el pecado, por su propia voluntad, se arrepienta y crea. Cada pecador tiene libre albedrío, y su destino eterno depende de cómo lo use. La libertad del hombre consiste en poder escoger el bien y rechazar el mal en cuestiones espirituales; su voluntad no está esclavizada a su naturaleza pecaminosa. El pecador puede cooperar con el Espíritu de Dios y ser regenerado o resistir la gracia de Dios y perderse para siempre. El pecador necesita que el Espíritu le ayude, pero no tiene que ser regenerado por el Espíritu antes de que pueda creer, ya que la fe es un acto propio del hombre y precede al nuevo nacimiento. La fe es el don del pecador a Dios; es lo que el hombre contribuye a la salvación.

  I. Depravación Total

Debido a la Caída el pecador es incapaz de creer al evangelio y ser salvo, ya que está muerto, ciego, y sordo a las cosas de Dios; su corazón es engañoso y perverso en gran manea. Su voluntad no es libre, sino que está esclavizada a su naturaleza pecaminosa; por tanto, no quiere, y de hecho, no puede –escoger el bien y rechazar el mal en cuanto a las cosas espirituales se refiere. Por consiguiente, la mera ayuda del Espíritu no es suficiente para traer al pecador a Cristo, sino que es absolutamente necesaria la regeneración en virtud de la cual el Espíritu da vida y una nueva naturaleza al pecador. La fe no es algo con la cual el hombre contribuye a la salvación sino que es en sí una parte del don de la salvación – es el don de Dios al pecador, no el don del pecador a Dios.

II. Elección Condicional

El que Dios haya escogido a ciertos individuos para salvación antes de la fundación del mundo se debe al hecho de que Dios vio de antemano que dichos individuos habían de responder a su llamado. Dios escogió sólo a aquellos que El sabía iban a creer en el evanglio de su propia voluntad. Por lo tanto, las obras futuras de dichos individuos fueron las que determinaron la elección. La fe que Dios vio de antemano y sobre la cual basó su elección no fue impartida mediante el poder regenerador del Espíritu Santo, sino que surgió de la voluntad del hombre mismo. Pertenece al hombre, por lo tanto, la prerrogativa de quién ha de creer, y por ende, quién ha de ser escogido para salvación. Dios escogió sólo a aquellos que Él sabía habían de escoger por su propia voluntad a Cristo. Por lo tanto, la causa fundamental de la salvación es, la decisión del pecador de escoger a Cristo, y no la elección del pecador por Dios.

  II. Elección Incondicional ó Predestinación

El hecho de que Dios haya escogido a ciertos individuos para salvación antes de la fundación del mundo se debe únicamente a Su soberana voluntad. Su elección de ciertos pecadores no está basada en un conocimiento previo de una respuesta o acto de obediencia (tales como la fe, el arrepentimiento, etc.) de parte del pecador. Al contrario, Dios es el que da la fe y el arrepentimiento a cada individuo que ha elegido. Dichas obras son el resultado, no la causa, de la elección divina.
La elección, por lo tanto, no está determinada ni condicionada por ninguna virtud ni obra meritoria prevista por Dios en el hombre. Aquellos a quienes Dios en Su soberanía ha elegido, son guiados mediante el poder del Espíritu Santo a aceptar a Cristo. Por tanto, la causa fundamental de la salvación no es la decisión del pecador de aceptar a Cristo, sino la elección del pecador de parte de Dios.

 III. Redención Universal

La obra redentora de Cristo brindó a todos los hombres la oportunidad de ser salvos pero no garantizó la salvación de ninguno. Aunque Cristo murió por todos y por cada uno en particular, solo los que creen en El son salvados. Su muerte h izo posible el que Dios pudiera perdonar a los pecadores siempre y cuando éstos creyeran, pero en efecto no borró los pecados de ninguno. La redención de Cristo es efectiva solo si el hombre decide aceptarla.

   III. Redención Limitada

La obra redentora de Cristo tuvo como fin el salvar sólo a los elegidos y en efecto aseguró la salvación de los mismos. En Su muerte, Cristo sufrió como sustituto el castigo por el pecado de ciertos pecadores en particular. Además de quitar los pecados de éstos, la redención de Cristo proveyó también todo lo necesario para lograr dicha salvación, inclusive la fe que los une a Él. El don de la fe es aplicado infaliblemente por el Espíritu a todos aquellos por los cuales Cristo murió, garantizando así su salvación.

 IV. El Espíritu Santo puede ser resistido

El Espíritu llama de manera especial a aquellos que por medio del Evangelio son llamados de manera general; El hace todo lo que puede por traer a cada pecador a la salvación. Pero dado que el hombre es libre, el llamado del Espíritu puede ser resistido. El Espíritu no puede regenerar al pecador hasta que este crea; la fe (que es lo que el hombre contribuye) precede y hace posible el nuevo nacimiento. Por lo tanto, el libre albedrío del hombre limita al Espíritu en la aplicación de la obra de salvación de Cristo.
El Espíritu Santo puede atraer a Cristo sólo a aquellos que se lo permitan. El Espíritu no puede impartir vida hasta que el pecador responda. La gracia de Dios, por tanto, no es invencible; puede ser, y muchas veces es, resistida y frustrada por el hombre.

   IV. Llamamiento eficaz o Gracia irresistible

Además del llamamiento general a la salvación hecho a todos aquellos que escuchan el evangelio, el Espíritu Santo hace a los elegidos un llamamiento especial, el cual inevitablemente los conduce a la salvación. El llamamiento general que es hecho a todos sin distinción, puede ser, y a menudo es, rechazado; en cambio, el llamamiento especial hecho sólo a los elegidos, no puede ser rechazado; siempre resulta en la conversión de éstos. Por medio de este llamamiento especial, el Espíritu irresistiblemente atrae a los pecadores a Cristo, ya que no está limitado por la voluntad del hombre en su obra de salvar, ni depende del hombre para lograr su propósito. El Espíritu benignamente induce al pecador elegido a cooperar, a creer, a arrepentirse, y a venir a Cristo espontánea y volunta-riamente. Por lo tanto, es invencible la gracia de Dios; siempre redunda en la salvación de aquellos a quienes se le ofrece.

 V. El caer de la Gracia o el perder la salvación

Los que creen y son verdaderamente salvos pueden perder su salvación por no perseverar en la fe.
No todos los Arminianos han estado de acuerdo en este punto; algunos han sostenido que los creyentes están eternamente seguros en Cristo-que una vez el pecador es regenerado, jamás puede perderse.

   V. Perseverancia de los Santos

Todos los escogidos por Dios, redimidos por Cristo, y a los cuales el Espíritu ha impartido fe son eternamente salvos y perseveran hasta el fin, ya que son preservados en la fe por el poder de Dios, el Todopoderoso.

De acuerdo al Arminianismo

La salvación se efectúa mediante los esfuerzos conjuntos de Dios (quien toma la iniciativa) y el hombre (a quien le toca responder) –la respuesta del hombre siendo el factor determinante. Dios ha provisto salvación para todos, pero su provisión es efectiva sólo para aquellos que, de su propia voluntad, "deciden" cooperar con El y aceptar su oferta de gracia. En el momento crucial, la voluntad del hombre juega un papel decisivo; por tanto, el hombre, y no Dios, determina quiénes serán los que recibirán el don de la salvación.

  Según el Calvinismo

La salvación se efectúa por la omnipotencia del Trino Dios. El Padre escogió un pueblo, el Hijo murió por él, y el Espíritu Santo hace efectiva la muerte de cristo conduciendo a los elegidos a la fe y al arrepentimiento, y haciendo que estos voluntariamente obedezcan al evangelio. El proceso completo (elección, redención, regeneración) es obra de Dios y es únicamente por gracia. Por tanto, Dios, y no el hombre, determina quiénes han de ser lo que recibirán el don de la salvación.

RECHAZADO POR EL SÍNODO DE DORT

Este fue el sistema de pensamiento presentado en el "Remonstrance"* (aunque los "cinco puntos" no estaban ordenados originalmente de la manera que los presentamos aquí). Fue sometido por los arminianos a la Iglesia de Holanda en el 1610 con el propósito de que dicha iglesia los adoptara, pero fue rechazado por el Sínodo de Dort en el 1619 en base a que no era bíblico.

*Remonstrance: Nombre del documento formulando los cinco puntos en que los arminianos disentían del calvinismo estricto, presentado a los estados de Holanda y Friesland en el 1610.

REAFIRMADO POR EL SÍNODO DE DORT

Este sistema teológico fue reafirmado por el Sínodo de Dort en 1619 por habérsele reconocido como la doctrina de la salvación contenida en las Sagradas Escrituras. El sistema fue entonces formulado en "cinco puntos" (en respuesta a los cinco puntos sometidos por los arminianos) y desde aquel entonces ha sido conocido como los "cinco puntos del calvinismo".

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