"Cualquier enseñanza que no se encuadre con las ESCRITURAS debe ser desechada, aunque haga llover milagros todos los días."

Martín Lutero

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Sábado, 02 Marzo 2013 16:20

Por qué debemos pensar correctamente sobre Dios - A.W. Tozer

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Señor todopoderoso, no el Dios de los filósofos y de los sabios, sino el Dios de los profetas y los apóstoles, y lo mejor de todo, el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo: ¿me permites reconocer tu santidad? Los que no te conocen, quizá te invoquen como otro distinto al que eres, y así no te adoran a ti, sino a una criatura de su propia imaginación; por eso, ilumínanos la mente para que te conozcamos tal como eres, de manera que te podamos amar de manera perfecta y alabarte dignamente. En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Amén.

Lo que nos viene a la mente cuando pensamos en Dios es lo más importante de nosotros. Es probable que la historia de la humanidad señalará que ningún pueblo se ha alzado a niveles más altos que su religión, y la historia espiritual del hombre demostrará que ninguna religión ha sido jamás más grande que su concepto de Dios. La adoración será pura, o baja, según el lugar en que el adorador tenga a Dios.

Por esta razón, la cuestión más importante que la Iglesia tiene delante siempre será Dios mismo, y la realidad más portentosa acerca de cualquier ser humano no es lo que él pueda decir o hacer en un momento dado, sino la forma en que concibe a Dios en lo más profundo del corazón. Por una ley secreta del corazón, tenemos la tendencia de acercamos hacia la imagen mental de Dios que poseamos. Esto no es cierto solamente con respecto al cristiano de manera individual, sino también con respecto al conjunto de cristianos que forma la Iglesia. Lo más revelador acerca de la Iglesia será siempre su idea de Dios, así como su mensaje más significativo es lo que diga sobre Él, o lo que deje sin decir, porque con frecuencia, su silencio es más elocuente que sus palabras. Nunca se podrá escapar de la revelación de sí misma que hará cuando dé testimonio acerca de Dios.

Si fuéramos capaces de obtener de algún ser humano una respuesta completa a la pregunta "¿Qué le viene a la mente cuando piensa sobre Dios?", podríamos predecir con certeza el futuro espiritual de ese ser humano. Si fuéramos capaces de conocer con exactitud lo que piensan sobre Dios los más influyentes de nuestros líderes religiosos, podríamos predecir con bastante precisión dónde se hallará la Iglesia mañana.

Sin duda alguna, la palabra de más peso en cualquier idioma es la que utiliza para designar a Dios. El pensamiento y el habla son dones de Dios a unas criaturas hechas a su imagen; éstas están íntimamente asociadas con Él, y son imposibles sin Él. Es muy significativo que la primera palabra fuera la Palabra, el Verbo: "y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". Nosotros podemos hablar, porque Dios habló. En Él, la palabra y la idea son inseparables entre sí. Que nuestra idea de Dios se aproxime lo más posible al verdadero ser de Dios es algo de inmensa importancia para nosotros. Comparados con nuestros pensamientos reales acerca de Él, nuestras declaraciones en los credos resultan de poca importancia. Nuestra idea real de Dios pudiera hallarse enterrada bajo los desechos de las nociones religiosas convencionales, y quizás se necesite una búsqueda inteligente y vigorosa
antes de ser desenterrada y expuesta tal como es. Sólo después de una fuerte prueba de doloroso examen personal, estaremos en condiciones de descubrir lo que creemos en realidad sobre Dios.

Tener un concepto correcto de Dios es algo fundamental, no sólo para la teología sistemática, sino también para la vida cristiana práctica. Es a la adoración lo que los cimientos son al templo; donde sea inadecuado, o esté fuera de plomada, toda la estructura tendrá que desplomarse tarde o temprano. Creo que son muy escasos los errores en la doctrina o en la aplicación de la ética cristiana que no se puedan seguir hasta hallar su origen en unos pensamientos imperfectos e innobles sobre Dios.

Opino que el concepto de Dios que prevalece en esta época es tan decadente, que se encuentra completamente por debajo de la dignidad del Dios Altísimo, y en realidad constituye para los que profesan ser creyentes algo que equivale a una calamidad moral. Todos los problemas del cielo y de la tierra, aunque se nos presentaran juntos y al mismo tiempo, no serían nada comparados con el abrumador problema de Dios: que Él existe, cómo es Él, y qué debemos hacer nosotros, como seres morales, acerca de Él.

El hombre que llega a unas creencias correctas con respecto a Dios queda aliviado de mil problemas temporales, porque ve de una vez que éstos tienen que ver con cuestiones que, a lo sumo, no le pueden preocupar por largo tiempo; pero aun si se le pudieran quitar las numerosas cargas del tiempo, la poderosa carga de la eternidad comienza a pesar sobre él con un peso más aplastante que todos los sufrimientos del mundo amontonados uno sobre otro. Esa poderosa carga es su obligación con DIOS. Comprende un acuciante deber de amar a Dios durante toda la vida con todos las fuerzas de la mente y del alma, de obedecerle de manera perfecta y de adorar le de manera aceptable. Cuando la angustiada conciencia del hombre le dice que no ha hecho ninguna de estas cosas, sino que desde la niñez ha sido culpable de una necia rebelión contra la Majestad del cielo, la presión interna se podría volver difícil de soportar.

El evangelio puede quitar esta carga destructora de la mente, dar gloria en lugar de ceniza, y manto de alegría en lugar de luto. Con todo, a menos que se sienta el peso de esa carga, el evangelio no podrá significar nada para el hombre; y hasta que no tenga una visión de un DIOS exaltado por encima de todo, no habrá temor ni carga alguna. El bajo concepto de Dios destruye el Evangelio para todo el que lo tenga.

Entre los pecados a los que tiende el corazón humano, es difícil hallar otro que sea más odioso para Dios que la idolatría, porque la idolatría es en el fondo un libelo con respecto a su personalidad. El corazón idólatra da por sentado que Dios es otro distinto a quien es - algo que es en sí un monstruoso pecado - y sustituye al Dios verdadero por otro hecho a su propia semejanza. Este Dios siempre se conformará a la imagen del que lo ha creado, y será bajo o puro, cruel o bondadoso, según el estado moral de la mente de la cual ha surgido.

Es muy natural que un dios engendrado en las sombras de un corazón caído no sea una verdadera semejanza del Dios verdadero. El Señor le dice al malvado en el salmo: ''Tú pensabas que yo era totalmente igual a ti; . En realidad, esto debe constituir una seria afrenta para el Dios Altísimo ante el cual los querubines y serafines claman de manera continua: "Santo, santo, santo, Señor Dios de los ejércitos."

Mantengámonos alerta, no vaya a ser que en nuestro orgullo aceptemos la noción errónea de que la idolatría sólo consiste en doblar la rodilla ante objetos visibles de adoración, y que por tanto, los pueblos civilizados se hallan libres de ella. La esencia de la idolatría consiste en abrigar sobre DIOS pensamientos que son indignos de Él. Comienza en la mente, y puede estar presente donde no se haya producido ningún acto abierto de adoración. Pablo dice: "Habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido."

A esto siguió la adoración de ídolos fabricados a semejanza de hombres, y de aves, y de bestias, y de reptiles, pero esta serie de actos degradantes comenzó en la mente. Las ideas equivocadas sobre Dios no sólo son la fuente de la que fluyen las aguas contaminadas de la idolatría; ellas mismas son idolátricas. Nociones pervertidas sobre Dios pronto pudren la religión en que aparecen. La larga historia de Israel demuestra esto con suficiente claridad, y la historia de la Iglesia lo confirma. Es tan necesario para la Iglesia el tener un alto concepto de Dios que, cuando ese concepto declina, la Iglesia, con su adoración y sus normas morales, declina junto con él. El primer paso en este descenso lo toma una iglesia, cualquiera que ésta sea, cuando abandona su alto concepto de Dios. Antes que la Iglesia cristiana se eclipse en cualquier lugar, debe haber primero una corrupción de su teología más simple y fundamental. Sencillamente, responde de manera errada a la pregunta "¿Cómo es Dios?", y parte de aquí. Aunque pueda continuar aferrada a un credo nominalmente sano, su credo práctico se ha vuelto falso. Las masas de sus adeptos llegan a creer que Dios es diferente a como es en realidad, y esto es herejía de la más insidiosa y mortal de las clases.

La obligación más fuerte de cuantas pesan sobre la Iglesia cristiana de hoy consiste en purificar y elevar su concepto de Dios. En todas sus oraciones y trabajos, esto debiera ocupar el primer lugar. Le haremos el mejor de los servicios a la próxima generación de cristianos si les entregamos sin amortiguar ni disminuir ese noble concepto de Dios que recibimos de nuestros padres hebreos y cristianos de generaciones pasadas. Esto demostrará ser de mayor valor para ellos, que todo cuanto se les pueda ocurrir al arte o a la ciencia.

Oh Dios de Betel, de cuya mano
tu pueblo sigue recibiendo su alimento;
tú que has guiado a través
de este cansado peregrinaje
a todos nuestros padres.
Nuestros votos y oraciones presentamos
ante el trono de tu gracia.
Philip Doddridge

***

Tomado del libro: El conocimiento del Dios santo por A. W. Tozer
Capítulo 1

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